La idea es simple, y totalmente contraintuitiva: prestarle plata a la gente más pobre, a quienes los bancos no les permitirían pararse en la puerta para guarecerse de la lluvia, mucho menos darles un préstamo.
No se trata de grandes sumas de dinero. Lo suficiente como para comprar un cerdo, una máquina de coser, una bicicleta, alimento balanceado para gallinas. Pero no es caridad. Es un préstamo, y hay un compromiso de devolverlo.
La idea se le ocurrió a Muhammad Yunus de Bangla Desh, fundador del Banco Grameen (Gramín, que quiere decir "de la aldea" en bengalí) en 1976, y fue un éxito fenomenal. Yunus ganó el premio Nobel de la paz en 2006, y hoy existen muchos bancos de microcrédito por todo el mundo.
Kiva lleva la idea más lejos. Es una organización que funciona en el internet, que actúa de intermediaria entre prestamistas electrónicos de todo el mundo, y los clientes de bancos de microcrédito igualmente esparcidos por todo el mundo. En el sitio de Kiva los aspirantes a un préstamo ponen una pequeña reseña de quienes son, cuál es su negocio, cuánto dinero necesitan, y para qué. Por ejemplo, Justa Sanches Carhuachín, del Perú, buscaba USD 700 para comprar cerdos para criar. Varios prestamistas aportaron desde USD 25 cada uno, y el compromiso es que van a ser devueltos en 6 meses. El préstamo se hace por intermedio de una organización local, que ya lleva prestados unos USD 2.5 millones, y tiene una tasa de default del 0.0%. Así, hasta la fecha Kiva lleva prestados USD 95 millones, a unos 240,000 pequeños empresarios, y aportados por 570,000 personas en 183 países. El porcentaje devuelto es el 98.42%. La mayoría de los recipientes (82.82%) son mujeres.
Desde el punto de vista del cibernauta individual, una opción es por supuesto prestarle un poco de plata a alguien. Otra opción interesante también es conectar instituciones de microcrédito locales con Kiva. A mí me llama la atención, por ejemplo, que no hay ninguna institución de microcrédito en la Argentina asociada a Kiva. Hace un tiempo pasé esta información a RADIM, Red Argentina de Instituciones de Microcrédito, quienes me agardecieron el dato y prometieron pasárselo a sus instituciones socias, pero todavía no aparece ninguna en Kiva.
La idea de invertir una pequeña suma de dinero en la actividad productiva de alguien que está afuera del circuito normal de las finanzas resulta muy atractiva, especialmente porque detrás de esa pequeña empresaria hay una familia, hay chicos, que se benefician de esa inversión. Y la inversión se multiplica, porque una vez que se devuelve un préstamo, se puede reinvertir en otro emprendimiento, y así ilimitadamente. Así dan gusto las finanzas.


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