Este verano cerca de la universidad me topé con este magnífico ejemplar de auto, que reconocí inmediatamente: era un Chevrolet Impala de los años 50.
No es que yo sea un experto en automóviles históricos. La razón por la cual reconozco éste inmediatamente es que está asociado con un hito personal.
El 18 de enero de 1959 desembarqué en el puerto de Londres, de la mano de mis padres. Habíamos partido poco antes de fin de año en el buque Libertad de la empresa Dodero, tras hacer escala en el puerto de Santos en Brasil, y luego lanzarse a través del Atlántico, para llegar de noche a la hermosa isla portuguesa de Funchal, luego el puerto francés de Le Havre, y enseguida después una mañana fría y lluviosa de invierno en el puerto de Londres.
Nos vino a buscar y dar la bienvenida el consejero económico de la embajada, un personaje exuberante, con un automóvil igualmente exuberante. Era un Chevrolet Impala, color rosa, con asientos tapizados en imitación de piel de leopardo, cubiertos con vinílico transparente. Jamás habíamos visto nada semejante. Subirse a ese auto era como entrar en una nave marciana. Quién me iba a decir entonces que 50 años más tarde me iba a reencontrar con ese automóvil fantástico, en una tarde apacible de verano, camino a mi hogar canadiense.




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