A esta altura va quedando claro que me gusta mucho la naturaleza. Y esta zona donde vivo se presta mucho para el que le gusta el color verde. Calgary es una ciudad mediana, de un millón de habitantes, muy desparramados. Hay bastantes espacios verdes en la ciudad, especialmente alrededor del río, y las montañas están muy cerca.
El domingo pasado, por ejemplo, paseamos por un santuario de aves migratorias en el barrio de Inglewood. El parque llega al borde del río, y tiene pequeñas lagunas y arroyos que atraen a toda clase de aves, y otros animales.
Hay cómodos senderos, y bancos para sentarse, pero nunca falta algún curioso que se desvía del sendero para ver qué se esconde en el pasto alto, y quizás se encuentra con una familia de ciervos, por ejemplo:
La familia completa puede verse en mi galería de Picasa. El grupo consistía en una hembra, que se ve en la foto, sus dos pequeños, y un macho joven ya con cuernos aterciopelados que podría ser su hijo también. Todos comían tranquilamente, y no parecían preocuparse mucho por el fotógrafo, lo que me indica que estarían acostumbrados a ver gente. Tenían mucha curiosidad, y la hembra en particular se quedó inmóvil mirándome por mucho tiempo.
Durante todo el tiempo que los estuve fotografiando, me moví muy poco y despacio, tratando de evitar hacer el menor ruido. El ambiente era de gran paz y silencio, salvo el viento en las ramas. Un rato mágico.
El día había sido templado, pero hacia el final de la tarde llegó un frente frío con viento, y nos apuramos a volver. Ya era tarde y parecía que no quedaba nadie en el parque, cuando nos encontramos con una pareja caminando en la otra dirección.
Ambos rondarían los 80 años, y caminaban despacito, ella con un bastón, tomados de la mano. Nos saludamos, y nos avisaron que acababan de pasar un great blue heron, un ave grande pescadora, y que seguramente la íbamos a encontrar. Y se fueron hacia adentro del parque, ansiosos por ver los pájaros a la puesta del sol.
Efectivamente, muy poco después nos encontramos con el ave parada majestuosamente al borde de un arroyo, iluminada por los últimos rayos de sol. Nos quedamos un rato observándola, a pesar del frío. No parecía tener ningún apuro, igual que los ciervos. Permaneció casi inmóvil un rato largo, y luego bajó despacito al arroyo y con mucha dignidad comenzó a andar observando el agua con mucha atención. De vez en cuando disparaba un picotazo manejando el pescuezo como un látigo, y así fue pescando la cena.
Mi amigo Chris dice que llueven milagros continuamente. Tiene razón.



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